Ficha de libro
Las llamadas perdidas
Las llamadas perdidas
No hay grandes gestas aquí: hay decisiones de diez segundos que cambian un año: Rivas escribe relatos urbanos donde la soledad no es un concepto, sino una logística. Personas que se cruzan sin encontrarse, mensajes que no se responden, deseos que llegan tarde, culpas que se archivan como si fueran papeles. El título ya marca el tono: lo perdido no es solo una llamada, es una oportunidad de decir algo con precisión. En lo narrativo-técnico, Rivas trabaja con la elipsis: sugiere más de lo que expone, y confía en que el lector complete la historia con su propia experiencia de lo no dicho. Los cuentos mezclan humor y desgarro con una naturalidad incómoda: te ríes y, dos líneas después, notas el golpe. Las escenas suelen partir de lo cotidiano —un portal, un bar, una conversación casual— y de repente se abren hacia una dimensión moral: qué responsabilidad tienes cuando sabes algo y decides callar, qué haces con el deseo cuando te da vergüenza reconocerlo. La prosa se mantiene ágil, con frases cortas que cortan el aire, como si el propio texto imitara el ritmo de una llamada que se interrumpe. Dentro de la obra de Rivas, este libro muestra su precisión para lo contemporáneo: menos paisaje, más ciudad; menos memoria histórica explícita, más psicología social. El conflicto central no es ‘amor vs. desamor’, sino presencia vs. evasión: qué parte de ti se retira para no sufrir, y qué precio pagas por esa retirada.
Como conjunto, los relatos sostienen un clima: intimidad sin confesión, empatía sin excusas. En la trayectoria del autor, es un volumen que afina su mirada de observador: te deja con la sensación de haber visto algo real en una esquina que siempre estuvo ahí.
Por qué embarcarte en este libro
Leerlo hoy encaja si estás saturado de historias que lo explican todo. Aquí el libro confía en tu inteligencia emocional: te da el gesto, te deja el eco. Puede inquietarte porque no concede consuelo fácil; muchas veces el ‘arreglo’ no llega, y eso es parte del sentido.
Si estás dudando entre libros de cuentos, este ya pasó el filtro de lo afilado. Es un refugio: no porque te esconda del mundo, sino porque te deja pensar sin ruido.
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