Ficha de libro
Sexing the Cherry
Sexing the Cherry
Sexing the Cherry funciona como un artefacto raro: no se lee como una novela que avanza, sino como un sueño con brújula. Dos voces sostienen el libro: la Perra, una mujer gigantesca y feroz que adopta a Jordan en el Londres del siglo XVII, y Jordan, un chico que crece mirando el río como si fuera una salida secreta del mundo. Winterson usa esa pareja para tensar dos fuerzas: el cuerpo como exceso (la Perra, su violencia, su ternura deforme) y el deseo como viaje (Jordan, sus exploraciones, su hambre de otra vida). La trama se abre en episodios que parecen cuentos dentro del cuento: la reescritura de las doce princesas bailarinas, los saltos temporales, las imágenes que se repiten como motivos musicales.
El conflicto real no está en una intriga, sino en una pregunta formal: ¿qué pasa si la historia oficial no sirve para contar lo que vive una mujer, o lo que desea alguien que no encaja en su época. Winterson responde rompiendo el molde: usa el barroco como método, mezcla lo grotesco con lo lírico, y deja que el humor negro haga de bisturí. El resultado es una fábula sobre libertad y narración: las princesas no quieren ser salvadas, quieren salir del guion; Jordan no quiere conquistar, quiere comprender; la Perra no quiere perdón, quiere existencia. Frente a Oranges Are Not the Only Fruit, aquí la autobiografía se disuelve y aparece el laboratorio: la autora ensaya cómo contar el género, el tiempo y el deseo sin pedirle permiso a la linealidad. Su valor está en esa valentía formal: te obliga a leer de otra manera, y en ese cambio se cuela una crítica feroz a los relatos que nos domestican.
Por qué embarcarte en este libro
Leerlo hoy tiene sentido si te atraen libros que no te dan un camino recto, sino un mapa de símbolos: identidad, cuerpo, tiempo, poder. Winterson habla de feminismo sin consignas porque lo mete en la estructura: romper la forma es parte del argumento.
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